Historia de la ex desaparecida Elghalia Djimi

Elghalia Djimi

Actualizado el miércoles, 1 septiembre, 2021

Mi nombre es Elghalia Djimi y al igual que miles de personas en esta tierra, he sido víctima de atrocidades cometidas por el Estado marroquí. Sin miedo, sin pena y con mucho valor, hoy mi voz puede contar mi historia, puede contar mi verdad.

Nací un 28 de mayo de 1961, en Agadir, en el interior de Marruecos, al sur.

Desde mi nacimiento viví en una modesta casa, decorada y con el mismo ambiente que tienen las casas en el Sahara Occidental. Mi contacto con los marroquíes data desde antes de la invasión del Sahara, pues mis padres y abuelos estuvieron refugiados en Marruecos, exiliados. Así pues, mi sufrimiento y el de mi gente se remonta años y años atrás, alrededor de los años 40. 

La primera experiencia de sufrimiento la vivieron mis padres y abuelos, experiencia que fue focalizada en una cuestión económica y cultural; experiencia que les obligó a vivir un exilio en la total miseria; ellos tuvieron que vivir en los barrios más pobres de Marruecos.

Aunque estábamos lejos del Sahara Occidental, mi abuela paterna, quien por cierto me crio y adoptó desde mi nacimiento, se convirtió en mi madre. La abuela no tuvo hijas, solo tuvo tres hijos: mi padre y mis dos tíos. Mi abuela trabajaba en las fábricas de  Marruecos y, pese a eso nunca dejó de sentirse una orgullosa mujer saharaui; constantemente  luchó por proteger sus raíces culturales, inclusive sin lazos o enlaces al Sahara Occidental.

Por ejemplo, en Agadir, se encontraban la mayoría de los “Amazir” ellos tienen su propio dialecto, el cual es llamado también Amazir y en muchas de esas tareas que la abuela emprendía en pro de nuestra identidad, impulsó que nosotros habláramos y preserváramos nuestro propio dialecto, el “Hasania”.

Desde muy pequeñitos fuimos criados en este ambiente, nos hacían ver que nosotros éramos saharauis, que no teníamos nada que ver con los marroquíes más allá de vivir en coherencia, en armonía y en respeto. Nos enseñaron que era necesario mantener y salvaguardar nuestras tradiciones.

Esas tradiciones se alimentaban casi todo el tiempo con grandes visitas y estancias. 

A partir del año 1977, después de la invasión del Sahara, nuestra casa se convirtió en un punto de llegada o encuentro para muchos saharauis que llegaban de diferentes ciudades. Nuestros compatriotas venían aquí a Agadir por muchas razones, muchos enfermos venían a consulta médica y es que en la región del Sahara no había hospitales apropiados para atenderles, también arribaban muchos comerciantes y por supuesto jóvenes estudiantes que buscaban seguir con sus estudios. Gracias a esto, nuestra casa fue un puente de contacto entre Agadir y el Sahara Occidental.

Ese puente de contacto, maravilloso para nosotros, no fue del agrado de algunos marroquíes. El 4 de abril de 1984, ocurrió una desgracia para la familia, mi abuela, mi madre, fue desaparecida, fue secuestrada y su único delito, si se le puede llamar delito fue ser una mujer saharaui que abría sus puertas a otros saharauis para brindarles su ayuda, su alojo, su apoyo económico, ya fuesen estudiantes, comerciantes o cualquiera.

Una de las razones que utilizaron los marroquíes para justificar su atroz actuar, fue que nuestra casa supuestamente era una oficina del Frente Polisario, donde la gente se agrupaba a conspirar y muchas cosas más. Para ellos y en su visión cultural, mucha gente que viene y va, multitudes que entran y salen de una casa no es algo normal, es sospechoso. Sin embargo en nuestra cultura, en nuestras costumbres, en un hogar ya sea una humilde tienda o una fastuosa casa, siempre se encuentra hospitalidad, se acepta y ayuda a todo mundo que viene o va.

Mi abuela no tenía nada que ver con la política, era una mujer iletrada, pero muy consciente y valiente. Y aunque no estuviéramos en el Sahara seguíamos con nuestro espíritu de hospitalidad. La casa no era oficina de nada ni nadie, inclusive comerciantes que tenían una posición económica desahogada y que podían hospedarse en algún hotel, no lo hacían, preferían nuestra casa porque encontraban un buen ambiente, se preparaba té y se conversaba en nuestro dialecto. Por ese tipo de cosas que siempre defendió la abuela, la secuestraron, así nada más.

Esas muchas charlas acompañadas de té, me dieron la oportunidad de conocer y escuchar lo que ocurría en la zona ocupada; en ese momento no tuve la oportunidad de ir allá y verlo, pero yo sabía que era cierto. Escuché historias terribles sobre desapariciones forzadas, familias separadas, secuestros, e incluso pude conocer historias de mujeres violadas, hecho que derivó en algo irreal, “los bastardos”.

Durante la invasión muchas mujeres saharauis fueron forzadas a tener relaciones sexuales con marroquíes y quedaron embarazadas, ante esto el Gobierno marroquí no castigó ni sancionó a los culpables sino por el contrario, obligó a los padres de estas víctimas a mantenerlas sanas y salvas hasta que dieran en nacimiento a sus bebes. Y eso fue un fenómeno raro para los saharauis, aunque somos un poco más abiertos y, sobre todo en el plano sentimental, para nosotros no es fácil mantener relaciones íntimas entre hombres y mujeres sin haber contraído matrimonio. Ese aspecto cultural nuestro del matrimonio y la forma de relacionarnos en el plano sentimental había sido corrompido por los marroquíes. El hecho de tener bebés “bastardos” era algo intruso y extraño para los saharauis.

Cuando escuchaba esas historias de desapariciones y secuestros, recordaba lo que le había pasado a la abuela en el 84. Cuando la gente narraba sus historias podía comprender su mismo dolor. La abuela para mí era un ideal, un todo, al igual que para ellos y sus familias. Desde entonces comencé a tejer contactos con las familias desaparecidas del Sahara y, pude constatar que la gente vive con terror, que no se atreven a hablar por miedo a perder a un miembro más de su familia. Esa situación realmente me decepcionó, pero lo pude comprender tiempo después a consecuencia del embargo que impuso Marruecos al Sahara Occidental, la población estaba estresada, oprimida, nadie podía hablar de desapariciones, nadie podía denunciarlas.

En 1985 terminé mis estudios de técnico agrícola, y en el 86 por fin tuve la oportunidad de ir al Sahara. En ese año fui mandada a trabajar al Sahara, concretamente a El Aaiún. En ese lugar y ya con la mente muy consciente, comencé a plantearme un método o táctica para alzar la voz y hacer notar la situación inhumana en la cual vivían los saharauis. 

Al principio no fue una tarea nada fácil, había mucha denuncia, mucha policía, muchos espías. No se podía actuar libremente, absolutamente todo estaba vigilado y controlado. Pero algo cambió para 1987, nos enteramos que habría una visita de una comisión técnica de la ONU en las principales y más grandes ciudades del Sahara Occidental  para proseguir con el Plan de Paz. En ese momento toda la población saharaui estaba motivada, pues con la presencia de este organismo internacional se vislumbraban mejores oportunidades, eso evitaría que los marroquíes continuaran con sus represalias y desapariciones forzadas, pero, desafortunadamente hubo un cambio de planes; 3 o 4 días antes de la llegada de la comisión, hubo grandes represalias y arrestos por centenares, yo estuve entre las personas desaparecidas en esos días. Me perdí la llegada de la comisión.

Desaparecí el 20 de noviembre de 1987, me robaron 3 años y 7 meses de vida. Durante ese tiempo me mantuvieron con los ojos vendados, fui maltratada física, psicológica y espiritualmente, torturada con toda clase de métodos que se pueda imaginar.

Después de 3 meses y 27 días de desaparecida me dijeron que iban a liberar a nuestro equipo, pero todo fue una mentira; dieron la orden a los guardias de que tomáramos una ducha, ellos me desvistieron, me dejaron totalmente desnuda, más no me quitaron la venda que me cubría los ojos, fue realmente duro. Para mí que soy una mujer saharaui conservadora el hecho de estar al descubierto frente a esos extraños hombres fue realmente catastrófico. En esa sesión perdí casi toda mi cabellera, pues me arrojaban mezclas de azufre, suciedad, agua salada con detergentes sobre un trapo para asfixiarme y todo eso se quedaba en mi cabeza. 

Mi cuerpo aún conserva las cicatrices, en mis brazos y costillas, de las veces en que fui víctima de ataques de perros. Con desesperación les decía a mis verdugos que necesitaba un médico, que mi cuerpo no resistía esas mordeduras, pero ellos, con un cinismo total me decían: “No, tú te imaginas cosas, no es verdad, aquí no hay perros…tú no has sido mordida… son ilusiones tuyas” con coraje les respondía “no les es suficiente con torturarme físicamente, quieren torturar psicológicamente hasta volverme loca”.

Mi historia no es diferente a la de muchos más, para imaginárselo sólo basta con que vean las imágenes y fotografías que salieron en los medios sobre la situación en Irak. Así mismo lo vivimos nosotros: lugares secretos de tortura, sin juicios, sin nada de nada.

Si hablara de todo lo que vivimos durante esos más de tres años, las horas y horas no serían suficientes. Mi caso no es más que un simple caso en comparación con hombres y mujeres que vivieron las desapariciones desde 1975. 

Cuando fuimos liberadas en el 91, hubo ochenta y siete mujeres que pasaron 16 años de desaparición forzada. Nadie en nuestra liberación se atrevía a hablar de esto, de estas  mujeres a las que les robaron 16 años de sus vidas. Y es que nadie sabía nada, nuestras familias no sabían dónde estábamos. Hombres y mujeres del 75 perdieron todo contacto con el mundo. Experiencias atroces, inhumanas, dolorosas que vivimos todos. Pero me sorprende que hombres y mujeres saharauis que resistieron el sufrimiento de la experiencia, hoy puedan y continúen viviendo en paz y en tolerancia con Marruecos, realmente me quito el sombrero por ellos.

Yo también he aprendido a vivir con mi pasado y a luchar por cambiar las cosas, cambio necesario porque hoy soy madre de cuatro niñas y un niño. Para esto también cuento con el apoyo de mi marido, pues también vivió la experiencia y lo entiende todo. Él entiende mi rol, mi militarismo y me anima a seguir por esta vía que es realmente difícil, porque desde nuestra liberación hasta ahora, hemos vivido aún muchas más represiones y opresiones. Incluso, fui arrestada de nuevo durante la intifada saharaui en 2006, gracias a dios, no fueron tres años sino tan sólo 18 horas con un policía, la razón fue que hubo una manifestación de jóvenes saharauis que denunciaban la visita del rey.  Mi marido y yo estamos por allí, sólo de paso, y nos arrestaron por formar parte de los “provocadores”, aunque no teníamos el honor de ser los provocadores ni participantes. Estuvimos en la hora y lugar equivocado, las presiones siempre están a la orden del día.

Uno de los obstáculos o formas de presionarnos, es el hecho de que nuestra asociación de víctimas no ha podido ser legalizada correctamente, Marruecos no reconoce nuestra asociación para dar la oportunidad a las víctimas de que reorganicen sus vidas, que trabajen por salvar sus recuerdos y todo eso. Entonces vivimos en condiciones muy difíciles en el Sahara Occidental, de hecho no sólo nosotros, sino todos los saharauis que se revelan pro-Polisario y que están a favor de la autodeterminación del Sahara Occidental. A pesar de que somos una minoría en comparación a los marroquíes que viven aquí, creemos que nuestra causa es justa.

En todas las ciudades del Sahara, los saharauis somos una minoría, constituimos aproximadamente el 25 o 30 % de la población. Y es que hay infinidad de factores muy importantes. Puedo dar un pequeño ejemplo de cómo se llega a eso, aquí hemos perdido a algunos camaradas. De diez personas, entre ellos mi marido, que se contagiaron de tuberculosis, desafortunadamente fallecieron cuatro. Mi marido y otros cinco colegas se pudieron curar de la enfermedad, y los que seguimos, seguimos bien.

Resumen
Historia de la ex desaparecida Elghalia Djimi
Título
Historia de la ex desaparecida Elghalia Djimi
Descripción
Testimonio de vida de la defensora de Derechos Humanos en el Sahara Occidental Elghalia Djimi. Nos cuenta su lucha por la causa saharaui
Autor
Publicado por
Una mirada al Sahara Occidental
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