En este Diez de Mayo… por Larosi Haidar

Larosi Haidar

Decía Sartre que el infierno es otra gente, así que hablemos del paraíso, de nuestra gente. Hoy se celebra un acontecimiento que ha sido crucial en la historia reciente saharaui. Fue el día en que vio la luz el Frente Polisario hace ya cuarenta y siete años; ese Polisario que a día de hoy es nuestro único representante legítimo reconocido internacionalmente, lo que incluye al Reino de Marruecos. Ese Polisario ante el cual, a finales de los setenta, nuestro profesor marroquí de lengua árabe bajito y rechoncho se enaltecía y crecía sonriente mientras explicaba, con una ocurrencia de altos vuelos, su origen triádico: poli-sar-io. Poli, aclaraba el genio, proviene del francés poule y significa gallina. Sar, continuaba el lumbreras, viene del árabe (زار) y viene a decir visitó. Y para acabar, io, que evidentemente deriva del español yo, con lo que el enigma del Polisario, soltaba satisfecho el barrigudo, quedaba resuelto al quedar claro lo que realmente significaba el vocablo: Una gallina me visitó. Así era de aburrida y sosa la propaganda majzeniana de entonces. Y no es que a día de hoy se considere más divertida y con más salero, no, no es el caso, pero sí ha modificado sustancialmente la nacionalidad de sus lacayos turiferarios. Actualmente, muchos de los que dan la cara por el majzén y militan a brazo partido por una más que imposible marroquidad del Sáhara Occidental son, increiblemente, saharauis. ¡Así está el circo!

Uno se podría preguntar qué ha pasado en el panorama beduino para que tanto camellófago se una al espectáculo fantasioso de petardos y serpentinas dirigido por el señor de las babuchas y que, al parecer, está haciendo estragos entre los asiduos de las redecillas sociales. ¿Ha cambiado algún aspecto importante de la causa nacional? ¿Se ha modificado la doctrina de la ONU? ¿Se está tejiendo un plan para hacernos desaparecer del mapa? ¿Se está yendo a pique la nave de nuestra causa nacional? No sé yo, pero viendo el panorama juraría que unos cuantos lo creen así. Y ya se sabe, las ratas son las primeras en abandonar el barco cuando se huelen su cercano hundimiento.

Sin embargo, bien visto el asunto, siempre ha sido así en todos los conflictos y guerras. Siempre ha habido gentecilla sin aguante que a primeras de cambio tomaban las de Villadiego e, incluso, los había que te clavaban un puñal en la espalda. No se contentan con irse sin más y vivir su vida, sino que invierten esfuerzo y recursos para frenarte, para hacerte fracasar y causarte el máximo daño posible. Son peores que el perro del hortelano. Unos lo hacen de manera individual; otros, son más dados a los agregados donde se sienten más cómodos y les resulta más fácil sacar tajada de la situación. Obviamente, a menudo hay víctimas inocentes e incautos que terminan pillados por sus redes. Puede que el efecto halo tenga algo que ver en esto último. Puede que el efecto tribal…

En estos últimos lustros y por desgracia, parece más que probado que cada vez que a alguien «se le cortan las cuerdas» suele sacarse de la manga un movimiento y acaba, irremediablemente, «cortándole la carne» al pueblo. Y eso no está bien, sobre todo viniendo de personas conscientes y concienciadas de la gravedad de nuestra actual situación. Acostarse con el enemigo nunca ha sido bueno y más, si cabe, cuando uno está más desnudo y empobrecido que «el ratón de la mezquita».

Según se rumorea, y dejando de lado la eterna mano enemiga del señor de las babuchas, dicha creación de movimientos está siendo causada por la búsqueda frenética de una justificación desesperada de la más que evidente traición a los principios y valores por los que, en su día, el pueblo sacrificó lo que tenía y entregó su vida al servicio de tan noble objetivo como lo es la libertad. Sin olvidar que el sacrificio sigue en pie. En este sentido, sería interesante ver cómo ha evolucionado el estado psicológico y la autoconmiseración de muchas de las personas que retornaron al territorio saharaui ocupado por Marruecos.

Por la gracia real sixtina, y en la jerga palaciega menos seria, se convirtieron en retornados o, como diría Bush hijo, born-again. En los primeros años, apenas asomaban cabeza, pues eran despreciados y aborrecidos por todo saharaui medianamente informado. Eran como el pájaro pintado kosinskiano y, por ello, solían tener vivaque en territorio marroquí, especialmente en las grandes ciudades donde les era más fácil pasar desapercibidos. Ellos mismos sabían y estaban al tanto de la gravedad de sus actos e, independientemente de las posibles causas y excusas, sabían que habían tomado la más despreciable de las decisiones. Dicen que el tiempo todo lo cura, que incluso llega a curar los remordimientos de un traidor y eso parece haber ocurrido con el fenómeno de los quislings saharauis. Pasan los años y se recupera el sueño, desaparecen las pesadillas y los recuerdos del pasado se vuelven difusos y, a veces, hasta se borran bajo la continua presión de una memoria selectiva que cambia y crea realidades a mansalva. Todo sea por la autocomplacencia del individuo y, por qué no decirlo, su supervivencia. También es cierto que la manipulación majzeniana y la oportuna intervención de sus diferentes aparatos de seguridad y propaganda suelen dar algún que otro chequecito, ¡digo empujoncito!, al despistado e indeciso adán que no sabe cómo dar la estocada. Y el desdichado no sabe, o no quiere saber, que a fin de cuentas le acabarán dejando en la estacada.

A pesar de todo, el pueblo saharaui sigue en la brecha luchando por su libertad. A pesar de los oportunistas, los traidores y los populistas a ambos lados del muro, el pueblo sigue en pie dignamente. Conmemorar, cuarenta y siete años después, tan significativo evento de nuestra historia reciente es, en sí mismo, una prueba irrefutable de que no hay vuelta atrás ni alternativa a la independencia del Sáhara Occidental. Decía Victor Hugo que en cada pueblo hay una antorcha encendida y hay alguien que pugna por apagarla. En nuestro caso, los apagadores de antorchas pululan a diestro y siniestro, al este y al oeste del muro: oportunistas, traidores y populistas. Mientras que la antorcha encendida vendría representada por esos hombres y mujeres que se despiertan cada día para aportar su granito a la esperanza nacional.

Los primeros suelen ser muy longevos, ya se sabe, por aquello de mala hierba nunca muere. Por desgracia, los segundos, nuestras antorchas, viven menos de lo que todos les desearíamos. Ayer mismo, nueve de mayo, se nos fue no una antorcha sino, en realidad, un enorme faro que todo lo iluminaba con su generosa luz de conocimiento, bondad y amor a su tierra y a su cultura bidani. Ayer, víspera de nuestro día de orgullo nacional, nos dejaba Sidati uld Essalami, esa gran antorcha encendida que iluminó durante décadas a generaciones de saharauis ávidos de saber y conocimiento.

Si además le añadimos que Sidati luchó por su tierra en el Ejército de Liberación en 1958, y conste que era invidente, y que luego fue encarcelado por las autoridades marroquíes por sus actividades revolucionarias en pro de la independencia de la tierra que le vio nacer, sólo cabe decir que al resto debería caérsele la cara de vergüenza. Oportunistas, traidores y populistas, al este y oeste del muro, deberíais estar rasgándoos las vestiduras ante la inigualable lección de honestidad, nobleza y patriotismo que nos ha dado Sidati Essalami a lo largo de toda su vida. Que Dios te acoja en su seno, Sidati uld Essalami uld Lehbib uld Almastafa uld Assayad uld Abdeluahab.

 

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En este Diez de Mayo... por Larosi Haidar
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En este Diez de Mayo... por Larosi Haidar
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Decía Sartre que el infierno es otra gente, así que hablemos del paraíso, de nuestra gente. Hoy se celebra un acontecimiento que ha sido crucial en la historia reciente saharaui. Fue el día en que vio la luz el Frente Polisario
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